20 julio 2011

Capítulo Cinco (VIII)

[Esto más bien es una terror movie... Bueno, lo prometido es deuda. Ahí van unas cuantas respuestas. Pero no todas, que si no esto perdería la gracia.]

— Dime, ¿cómo voy a confiar en ti? —decía Amelia—. ¿Me secuestras y luego me ayudas a escapar de los hombres lagarto? ¿Cómo sé que en realidad no has hecho todo esto para que crea que estás de mi parte? Curiosamente, me secuestraste cuando Augusto estaba a punto de explicarme algo importante.
Estaban en la planta décima del edificio de cristales negros, en un enorme y luminoso despacho de diseño sin apenas muebles. Amelia estaba en pie, mientras Ávaro se había sentado en un sofá que estaba al lado. Se había servido una copa de bourbon y parecía saborearlo.
— Entiendo tus dudas. Lo comprendo. Bueno, quizás sí que pueda darte unas cuantas respuestas, hasta que llegue aquél a quien estamos esperando.
Amelia decidió guardar silencio, a la espera que Álvaro por fin le dijera algo que fuera cierto.
— Bajo esta joven apariencia humana, soy tan lagarto como los que has visto. Somos Ursakis y llegamos aquí hace tanto tiempo como los Astarsis. En realidad, llegamos un poco antes. —Paró para beber un sorbo de su copa—. El motivo por el que te secuestré, es porque era la única manera de desactivar el rastreador que te colocaron cuando empezaste este trabajo. La tecnología Ursakis es extremadamente avanzada, y sólo en esa base tenía el aparato adecuado para desactivar dicho rastreador.
— ¿Entonces los has traicionado, por qué? —preguntó un tanto incrédula.
— Mis motivos son míos y sólo míos. Estabas investigando los asesinatos Astarsis por orden del Consejo. Y estabas empeñada en llegar a la, según tú, madriguera Astarsi. De tener éxito, hubieras llevado a los Ursakis hasta ellos.
— ¿Por qué ese interés por los Astarsis?
— Porque ellos son lo único que se interpone entre mi raza y los humanos. Los Astarsis son los únicos que pueden acabar con los míos. Los únicos que pueden impedir que os conquisten y os conviertan en comida.
— ¿Entonces el Consejo está del lado de los Ursakis? —seguía preguntando Amelia.
— Eso aún no lo he averiguado. Ni tampoco sé para quién trabaja realmente tu amigo Augusto.
— Augusto trabaja para la CIA. Eso lo sé.
— ¿Y para quién trabaja realmente esa división de la CIA? ¿Lo sabes con seguridad? Debes entender que los Ursakis llevamos más de sesenta años en la Tierra. Nos ha dado tiempo de infiltrarnos en vuestra sociedad a todos los niveles, y de conseguir poderosos aliados humanos que creen que serán unos privilegiados en el nuevo régimen.
— ¿Y tú para quién trabajas? ¿Ante quién respondes realmente?
Álvaro giró la cabeza hacia la puerta, al tiempo que esta se abría, y una persona hizo su entrada.

14 julio 2011

Capítulo Cinco (VII)

El coche, conducido por Álvaro, se dirigía hacia el norte, por lo que Amelia dedujo que no iban a coger la autopista. Y aunque habían salido a toda prisa, una vez avanzadas unas pocas manzanas, una vez hechos unos pocos giros, redujo la velocidad, aunque no sabía si era para no llamar la atención o porque había comprobado que no les seguían.
Le miró atentamente. No parecía asustado, ni nervioso. Tampoco sonreía.
— ¿Y bien? ¿Me vas a contar de una vez qué ocurre?
— Comprendo que todo esto te parece muy extraño...
— ¿Extraño? —El tono de Amelia reflejaba claramente su enfado—. Me encomiendan una misión ridícula, me obligan a tener un compañero, el que fue mi último compañero me echa de la carretera, disparan a mi nuevo compañero, tengo que volar por los aires mi tapadera, literalmente, atrapo a mi antiguo compañero y nuevo enemigo con la ayuda de mi ya no tan herido nuevo compañero, cuando estoy interrogando a mi antiguo compañero mi nuevo compañero me droga y me entrega a una raza de extraterrestres, para nada más despertar sacarme de allí... No es extraño, es lo que hago todos los días...
Ahora sí que Álvaro sonreía.
— Sí, comprendo que debes estar hecha un lío, pero no soy la persona más indicada para aclararte nada.
Detuvo el coche y aparcó. Amelia vio que se habían parado frente a un edificio de más de veinte plantas, con cristales negros.
— Aquí tendrás tus respuestas. Y tendrás que tomar unas cuantas decisiones...

[Esto se está convirtiendo en una road movie... o en una road to hell movie].

[¿Que esto se está convirtiendo en lo qué? ¿O en lo qué? Perdona mi incultancia, pero no sé de qué estás hablando...]

07 julio 2011

Capítulo Cinco (VI)

[No sé qué nos deparará el destino pero sé lo que tengo que escribir. Lo veo claro.]

La luna brillaba incansable en el horizonte mientras la nave estelar real de los Ursakis, los que Amelia conocía como los hombres lagarto, cruzaba el cielo lentamente.
El rey de los Ursakis, Ometh, regía desde su salón, compuesto por vísceras de animales, a sus congéneres. Observaba la ciudad sobre la que volaban tranquilamente, sin que los humanos pudieran tan siquiera notarlos. La nave de la realeza disponía de un sistema de invisibilidad y una elevada tecnología que hacía que los rádares humanos no pudieran detectarlos. Aún así los pilotos preferían no elevar la velocidad ya que la fuerza que hacía falta para mover la nave podría destruir facilmente la ciudad sobre la que se encontraban.
Ometh profirió un sonido gutural y todos sus lacayos se postraron ante él. Y aquello no era raro pues Ometh rechazaba el diálogo sobre cualquier otra forma de comunicación. Que hablara implicaba que lo que iba a decir era Ley.
* Escuadrón 7, traed a la humana y al traidor. Y conseguid información del grupo de Beregath para proceder a su exterminio. *

[Ni que decir tiene que cuando ponemos * es que estamos hablando en Ursakis. xDDDDD]

[Te has quedado ancho, ¿eh?]

06 julio 2011

Capítulo Cinco (V)

[Creo que ya llega el momento de ir metiendo el perrito bomba.]

Al cruzar la puerta, se encontraron en la parte trasera del edificio.
Fueron hacia el coche. Mientras corrían, Álvaro percibió el movimiento de dos hombres lagarto por la retaguardia. Se giró, les disparó resolutivamente y tras dos certeros impactos, éstos cayeron al suelo. Y siguió corriendo. Amelia estaba muy extrañada: aquél no parecía ser el Álvaro que ella conocía. Por una vez, ella no llevaba las riendas de la acción, y sólo le quedaba dejarse llevar.
Llegaron al coche, y se dispusieron a huir.

Dentro del edificio, el líder se recuperaba con ayuda de los suyos.
— ¡Álvaro se ha llevado a la chica y han salido huyendo por la puerta de atrás! —dijo uno de los suyos, exaltado.
— No hace falta que los sigáis, sabemos adónde van —dijo el líder, desde el suelo.
— Pero...
— Si ahora Amelia no confía en Álvaro, es que no es humana...
Se quedaron todos sorprendidos. El jefe esbozó una media sonrisa.
— Este chico, Álvaro. Es bueno, ¿eh?

30 junio 2011

Capítulo Cinco (IV)

[Llevo una semana laboral dura de narices. Así que tendréis que disculparme si escribo alguna barbaridad. Este fragmento intentaré ser comedido.]

Álvaro entreabrió la puerta y se asomó al pasillo. La luz era tenue, las paredes grises y el único sonido que se oía era un molesto e ininterrumpido zumbido que debía de proceder de algún generador o algún otro tipo de maquinaria. Le hizo una señal a Amelia, y esta le siguió.
Una vez fuera avanzaron en fila, siempre pegados a la pared, buscando los lugares más oscuros. Amelia se sorprendió al no ver cámaras de seguridad. Por ello casi descartaba que se encontraran en las instalaciones centrales. Además, aquel sótano tenía una disposición casi laberíntica.
Pero Álvaro parecía conocer el camino, aunque avanzaba muy lentamente, poco a poco. Hasta que, al final de una esquina, encontraron una puerta custodiada por un militar de aspecto humano. Amelia guardó silencio y se quedó detrás de su compañero. Dejó que fuera Álvaro quien siguiera protagonizando la fuga.
Éste se guardó la pistola detrás y salió de la esquina, caminando tranquilamente. Comenzó a hablar al militar, en un idioma totalmente extraño, con sonidos guturales que, desde luego, Amelia no había oído jamás. El militar respondió en la misma lengua y sacó una llave y abrió la puerta que custodiaba. Entonces Álvaro, por detrás, le hizo una luxación en cuello y brazo derecho que le dejó sin respiración. En menos de treinta segundos, el militar cayó inconsciente y Álvaro lo dejó caer al suelo suavemente.
Cuando ambos salían por la puerta, se oyeron unos gritos por el pasillo. El primer inconsciente de Álvaro acababa de despertar. Una alarma acústica muy molesta comenzó a resonar por aquellos grises pasillos.

[Hombre, no le llames inconsciente, cómo te pasas con el pobre Álvaro...]

28 junio 2011

Capítulo Cinco (III)

— Álvaro, ¿estás seguro de esto? —le preguntó el hombre lagarto.
— No, pero no queda otro remedio. —Amelia les miraba estupefacta—. Ya tienes lo que querías, ahora hay que sacarla de aquí.
— Está bien, como quieras. —El líder de los supuestos alienígenas se quedó mirando a Amelia—. ¿Y cómo lo vas a hacer?
— Improvisaré —contestó Álvaro. Y sin previo aviso le dio un puñetazo en la cara al hombre lagarto que lo lanzó contra la pared, cayendo al suelo sin sentido. Comenzó a desabrochar las correas que mantenían a Amelia amarrada a la cama—. Rápido, tenemos poco tiempo.
— ¿Estás loco? ¿Qué te hace pensar que iré contigo a ninguna parte?
— ¿Prefieres quedarte aquí? —le inquirió mientras con un leve movimiento de cabeza señalaba el cuerpo inconsciente del hombre lagarto —. Yo voy a salir por patas. No tengo tiempo de explicártelo ahora.
Una vez acabó de desatar a Amelia, sacó una pistola que tenía escondida debajo de la camisa, a la espalda. Comprobó que estaba cargada y apuntó hacia el cuerpo caído del escamoso ser.
Amelia se estiró, desentumeciendo los músculos, pero sin perder de vista a Álvaro. Segundos más tarde, éste dejó de apuntar al ser y se dirigió a la puerta, poniendo la oreja en ella.
— Parece que el pasillo está despejado. ¿Estás lista?

[Hala, todo un ejército de de la resistencia convertida en un puñetazo y tentetieso y salir por patas. O sea, que Álvaro la ha llevado allí para luego huir de allí a base de ostias. Está claro, Álvaro es Chuck Norris.]

27 junio 2011

Capítulo Cinco (II)

[Te odio Diego... por hacerme hacer esto...]

Cuando Amelia acabó de despertar sus ojos observaron una figura de rasgos humanos pero de piel escamosa, parecida a la de un lagarto. El ser llevaba un uniforme militar (de los marines) y se encontraba acompañado por más como él. Amelia pudo contar hasta cinco de aquellas criaturas. La mujer de la cicatríz intentó levantarse de golpe y alejarse de aquel alienígena pero le fue imposible ya que se encontraba amarrada a un catre de apariencia militar.
— ¿Qué eres tú? —preguntó Amelia al ser, que parecía divertirse ante la sorpresa de su cautiva.
Álvaro asomó tras la criatura, con cara de preocupación.
— Amelia, tranquilízate por favor —le pidió su compañero—. No somos los malos de esta historia.
— Para no serlos hacéis un buen papel —dijo la mujer intentando deshacerse sin éxito de sus ataduras.
El hombre lagarto se giró ante sus compañeros y emitió unos sonidos siseantes. Los cinco hombres lagarto parecieron salir de la sala en penumbras en la que se encontraban dejando a Amelia a solas con Álvaro y el aparente líder de las criaturas.

[¡Yo no dije nada de color verde ni de escamas ni marines! Hala, ahora a lidiar con las lagartijas del espacio exterior... o de donde sean.]

[Si sale algo bueno de todo esto será de puñetera casualidad... Al final vais a conseguir hacerme llorar... ¿Eso es lo que queréis?]

22 junio 2011

Capítulo Cinco (I)

— ¿Cuál es su color favorito?
— ¿Perdón, señor?
— Con toda la información que nos has facilitado de Amelia, ¿y no sabes cuál es su color favorito?
Álvaro se quedó contrariado.
— Eh...
Alguien soltó una pequeña risita y de repente los demás estallaron. El ambiente se relajó. El líder se levantó y se acercó a donde estaban Álvaro y Amelia.
— Te tomo el pelo, Álvaro. Gran trabajo, compañero. Ahora, hemos de tener gran cuidado en decidir cómo avanzar a partir de ahora. Todos hemos oído hablar de ella, ahora la tenemos entre nosotros.
El líder se acercó a Amelia. Se hizo el silencio en la sala. Le cogió suavemente la cara con la mano y la giró hacia sí. Le apartó el pelo para verla mejor. Repasó con su dedo índice su cicatriz facial.
— Una X, ¿eh?
Se giró sonriendo hacia Álvaro.
— Le da su puntito, ¿no crees?
Amelia comenzó a retomar la conciencia.

21 junio 2011

Capítulo Cinco

Guía de colores:
Xmariachi
Silvano
MikeBSO
David Loren Bielsa


— ¿Cuál es su color favorito?
— ¿Perdón, señor?
— Con toda la información que nos has facilitado de Amelia, ¿y no sabes cuál es su color favorito?
Álvaro se quedó contrariado.
— Eh...
Alguien soltó una pequeña risita y de repente los demás estallaron. El ambiente se relajó. El líder se levantó y se acercó a donde estaban Álvaro y Amelia.
— Te tomo el pelo, Álvaro. Gran trabajo, compañero. Ahora, hemos de tener gran cuidado en decidir cómo avanzar a partir de ahora. Todos hemos oído hablar de ella, ahora la tenemos entre nosotros.
El líder se acercó a Amelia. Se hizo el silencio en la sala. Le cogió suavemente la cara con la mano y la giró hacia sí. Le apartó el pelo para verla mejor. Repasó con su dedo índice su cicatriz facial.
— Una X, ¿eh?
Se giró sonriendo hacia Álvaro.
— Le da su puntito, ¿no crees?
Amelia comenzó a retomar la conciencia.
[Te odio Diego... por hacerme hacer esto...]
Cuando Amelia acabó de despertar sus ojos observaron una figura de rasgos humanos pero de piel escamosa, parecida a la de un lagarto. El ser llevaba un uniforme militar (de los marines) y se encontraba acompañado por más como él. Amelia pudo contar hasta cinco de aquellas criaturas. La mujer de la cicatríz intentó levantarse de golpe y alejarse de aquel alienígena pero le fue imposible ya que se encontraba amarrada a un catre de apariencia militar.
— ¿Qué eres tú? —preguntó Amelia al ser, que parecía divertirse ante la sorpresa de su cautiva.
Álvaro asomó tras la criatura, con cara de preocupación.
— Amelia, tranquilízate por favor —le pidió su compañero—. No somos los malos de esta historia.
— Para no serlos hacéis un buen papel —dijo la mujer intentando deshacerse sin éxito de sus ataduras.
El hombre lagarto se giró ante sus compañeros y emitió unos sonidos siseantes. Los cinco hombres lagarto parecieron salir de la sala en penumbras en la que se encontraban dejando a Amelia a solas con Álvaro y el aparente líder de las criaturas.
[¡Yo no dije nada de color verde ni de escamas ni marines! Hala, ahora a lidiar con las lagartijas del espacio exterior... o de donde sean.]
[Si sale algo bueno de todo esto será de puñetera casualidad... Al final vais a conseguir hacerme llorar... ¿Eso es lo que queréis?]
— Álvaro, ¿estás seguro de esto? —le preguntó el hombre lagarto.
— No, pero no queda otro remedio. —Amelia les miraba estupefacta—. Ya tienes lo que querías, ahora hay que sacarla de aquí.
— Está bien, como quieras. —El líder de los supuestos alienígenas se quedó mirando a Amelia—. ¿Y cómo lo vas a hacer?
— Improvisaré —contestó Álvaro. Y sin previo aviso le dio un puñetazo en la cara al hombre lagarto que lo lanzó contra la pared, cayendo al suelo sin sentido. Comenzó a desabrochar las correas que mantenían a Amelia amarrada a la cama—. Rápido, tenemos poco tiempo.
— ¿Estás loco? ¿Qué te hace pensar que iré contigo a ninguna parte?
— ¿Prefieres quedarte aquí? —le inquirió mientras con un leve movimiento de cabeza señalaba el cuerpo inconsciente del hombre lagarto —. Yo voy a salir por patas. No tengo tiempo de explicártelo ahora.
Una vez acabó de desatar a Amelia, sacó una pistola que tenía escondida debajo de la camisa, a la espalda. Comprobó que estaba cargada y apuntó hacia el cuerpo caído del escamoso ser.
Amelia se estiró, desentumeciendo los músculos, pero sin perder de vista a Álvaro. Segundos más tarde, éste dejó de apuntar al ser y se dirigió a la puerta, poniendo la oreja en ella.
— Parece que el pasillo está despejado. ¿Estás lista?
[Hala, todo un ejército de de la resistencia convertida en un puñetazo y tentetieso y salir por patas. O sea, que Álvaro la ha llevado allí para luego huir de allí a base de ostias. Está claro, Álvaro es Chuck Norris.]
[Llevo una semana laboral dura de narices. Así que tendréis que disculparme si escribo alguna barbaridad. Este fragmento intentaré ser comedido.]
Álvaro entreabrió la puerta y se asomó al pasillo. La luz era tenue, las paredes grises y el único sonido que se oía era un molesto e ininterrumpido zumbido que debía de proceder de algún generador o algún otro tipo de maquinaria. Le hizo una señal a Amelia, y esta le siguió.
Una vez fuera avanzaron en fila, siempre pegados a la pared, buscando los lugares más oscuros. Amelia se sorprendió al no ver cámaras de seguridad. Por ello casi descartaba que se encontraran en las instalaciones centrales. Además, aquel sótano tenía una disposición casi laberíntica.
Pero Álvaro parecía conocer el camino, aunque avanzaba muy lentamente, poco a poco. Hasta que, al final de una esquina, encontraron una puerta custodiada por un militar de aspecto humano. Amelia guardó silencio y se quedó detrás de su compañero. Dejó que fuera Álvaro quien siguiera protagonizando la fuga.
Éste se guardó la pistola detrás y salió de la esquina, caminando tranquilamente. Comenzó a hablar al militar, en un idioma totalmente extraño, con sonidos guturales que, desde luego, Amelia no había oído jamás. El militar respondió en la misma lengua y sacó una llave y abrió la puerta que custodiaba. Entonces Álvaro, por detrás, le hizo una luxación en cuello y brazo derecho que le dejó sin respiración. En menos de treinta segundos, el militar cayó incosnciente y Álvaro lo dejó caer al suelo suavemente.
Cuando ambos salían por la puerta, se oyeron unos gritos por el pasillo. El primer inconsciente de Álvaro acababa de despertar. Una alarma acústica muy molesta comenzó a resonar por aquellos grises pasillos.
[Hombre, no le llames inconsciente, cómo te pasas con el pobre Álvaro...]
[Creo que ya llega el momento de ir metiendo el perrito bomba.]
Al cruzar la puerta, se encontraron en la parte trasera del edificio.
Fueron hacia el coche. Mientras corrían, Álvaro percibió el movimiento de dos hombres lagarto por la retaguardia. Se giró, les disparó resolutivamente y tras dos certeros impactos, éstos cayeron al suelo. Y siguió corriendo. Amelia estaba muy extrañada: aquél no parecía ser el Álvaro que ella conocía. Por una vez, ella no llevaba las riendas de la acción, y sólo le quedaba dejarse llevar.
Llegaron al coche, y se dispusieron a huir.

Dentro del edificio, el líder se recuperaba con ayuda de los suyos.
— ¡Álvaro se ha llevado a la chica y han salido huyendo por la puerta de atrás! —dijo uno de los suyos, exaltado.
— No hace falta que los sigáis, sabemos adónde van —dijo el líder, desde el suelo.
— Pero...
— Si ahora Amelia no confía en Álvaro, es que no es humana...
Se quedaron todos sorprendidos. El jefe esbozó una media sonrisa.
— Este chico, Álvaro. Es bueno, ¿eh?

No sé qué nos deparará el destino pero sé lo que tengo que escribir. Lo veo claro.
La luna brillaba incansable en el horizonte mientras la nave estelar real de los Ursakis, los que Amelia conocía como los hombres lagarto, cruzaba el cielo lentamente.
El rey de los Ursakis, Ometh, regía desde su salón, compuesto por vísceras de animales, a sus congéneres. Observaba la ciudad sobre la que volaban tranquilamente, sin que los humanos pudieran tan siquiera notarlos. La nave de la realeza disponía de un sistema de invisibilidad y una elevada tecnología que hacía que los rádares humanos no pudieran detectarlos. Aún así los pilotos preferían no elevar la velocidad ya que la fuerza que hacía falta para mover la nave podría destruir facilmente la ciudad sobre la que se encontraban.
Ometh profirió un sonido gutural y todos sus lacayos se postraron ante él. Y aquello no era raro pues Ometh rechazaba el diálogo sobre cualquier otra forma de comunicación. Que hablara implicaba que lo que iba a decir era Ley.
* Escuadrón 7, traed a la humana y al traidor. Y conseguid información del grupo de Beregath para proceder a su exterminio. *
[Ni que decir tiene que cuando ponemos * es que estamos hablando en Ursakis. xDDDDD]
[Te has quedado ancho, ¿eh?]

El coche, conducido por Álvaro, se dirigía hacia el norte, por lo que Amelia dedujo que no iban a coger la autopista. Y aunque habían salido a toda prisa, una vez avanzadas unas pocas manzanas, una vez hechos unos pocos giros, redujo la velocidad, aunque no sabía si era para no llamar la atención o porque había comprobado que no les seguían.
Le miró atentamente. No parecía asustado, ni nervioso. Tampoco sonreía.
— ¿Y bien? ¿Me vas a contar de una vez qué ocurre?
— Comprendo que todo esto te parece muy extraño...
— ¿Extraño? —El tono de Amelia reflejaba claramente su enfado—. Me encomiendan una misión ridícula, me obligan a tener un compañero, el que fue mi último compañero me echa de la carretera, disparan a mi nuevo compañero, tengo que volar por los aires mi tapadera, literalmente, atrapo a mi antiguo compañero y nuevo enemigo con la ayuda de mi ya no tan herido nuevo compañero, cuando estoy interrogando a mi antiguo compañero mi nuevo compañero me droga y me entrega a una raza de extraterrestres, para nada más despertar sacarme de allí... No es extraño, es lo que hago todos los días...
Ahora sí que Álvaro sonreía.
— Sí, comprendo que debes estar hecha un lío, pero no soy la persona más indicada para aclararte nada.
Detuvo el coche y aparcó. Amelia vio que se habían parado frente a un edificio de más de veinte plantas, con cristales negros.
— Aquí tendrás tus respuestas. Y tendrás que tomar unas cuantas decisiones...
[Esto se está convirtiendo en una road movie... o en una road to hell movie].
[¿Que esto se está convirtiendo en lo qué? ¿O en lo qué? Perdona mi incultancia, pero no sé de qué estás hablando...]

[Esto más bien es una terror movie... Bueno, lo prometido es deuda. Ahí van unas cuantas respuestas. Pero no todas, que si no esto perdería la gracia.]

— Dime, ¿cómo voy a confiar en ti? —decía Amelia—. ¿Me secuestras y luego me ayudas a escapar de los hombres lagarto? ¿Cómo sé que en realidad no has hecho todo esto para que crea que estás de mi parte? Curiosamente, me secuestraste cuando Augusto estaba a punto de explicarme algo importante.
Estaban en la planta décima del edificio de cristales negros, en un enorme y luminoso despacho de diseño sin apenas muebles. Amelia estaba en pie, mientras Ávaro se había sentado en un sofá que estaba al lado. Se había servido una copa de bourbon y parecía saborearlo.
— Entiendo tus dudas. Lo comprendo. Bueno, quizás sí que pueda darte unas cuantas respuestas, hasta que llegue aquél a quien estamos esperando.
Amelia decidió guardar silencio, a la espera que Álvaro por fin le dijera algo que fuera cierto.
— Bajo esta joven apariencia humana, soy tan lagarto como los que has visto. Somos Ursakis y llegamos aquí hace tanto tiempo como los Astarsis. En realidad, llegamos un poco antes. —Paró para beber un sorbo de su copa—. El motivo por el que te secuestré, es porque era la única manera de desactivar el rastreador que te colocaron cuando empezaste este trabajo. La tecnología Ursakis es extremadamente avanzada, y sólo en esa base tenía el aparato adecuado para desactivar dicho rastreador.
— ¿Entonces los has traicionado, por qué? —preguntó un tanto incrédula.
— Mis motivos son míos y sólo míos. Estabas investigando los asesinatos Astarsis por orden del Consejo. Y estabas empeñada en llegar a la, según tú, madriguera Astarsi. De tener éxito, hubieras llevado a los Ursakis hasta ellos.
— ¿Por qué ese interés por los Astarsis?
— Porque ellos son lo único que se interpone entre mi raza y los humanos. Los Astarsis son los únicos que pueden acabar con los míos. Los únicos que pueden impedir que os conquisten y os conviertan en comida.
— ¿Entonces el Consejo está del lado de los Ursakis? —seguía preguntando Amelia.
— Eso aún no lo he averiguado. Ni tampoco sé para quién trabaja realmente tu amigo Augusto.
— Augusto trabaja para la CIA. Eso lo sé.
— ¿Y para quién trabaja realmente esa división de la CIA? ¿Lo sabes con seguridad? Debes entender que los Ursakis llevamos más de sesenta años en la Tierra. Nos ha dado tiempo de infiltrarnos en vuestra sociedad a todos los niveles, y de conseguir poderosos aliados humanos que creen que serán unos privilegiados en el nuevo régimen.
— ¿Y tú para quién trabajas? ¿Ante quién respondes realmente?
Álvaro giró la cabeza hacia la puerta, al tiempo que esta se abría, y una persona hizo su entrada.

Capítulo Cuatro (X)

Álvaro dejó la taza sobre una mesa y se agachó al lado de Amelia. Después la cogió en brazos y la depositó con suavidad sobre un sofá cercano. Ya casi no sentía dolor en la pierna, la herida de costado estaba tardando un poco más en regenerarse. Pero se empezaba a acostumbrar al dolor. Y a otras sensaciones.
Se la quedó mirando, le apartó el pelo de la cara. Recorrió con el dedo una de las cicatrices que le cruzaban el rostro. Un ruido a su espalda le sacó del ensimismamiento.
Augusto forcejeaba con sus ligaduras. Inútilmente. Delante de Amelia se había mostrado fuerte y seguro de sí mismo; estando ahora a solas con Álvaro, se mostraba como un niño asustado, a punto de llorar. Pero no se iba a dejar engañar, no era la primera vez que trataba con ese hombre, aunque este no lo recordara.
— ¿Qué vas a hacer conmigo? —dijo Augusto con voz entrecortada.
Álvaro se sentó en la silla en la que había estado sentada Amelia y se lo quedó mirando un buen rato, viendo cómo se movía inquieto, sin apartar la vista de sus ojos. Después se levantó, sin decir una palabra, y salió de la casa.
Augusto dejó de temblar y calculó sus opciones. No tenía ninguna. Ya había avisado a su equipo, aunque sabía que le habían quitado su localizador, por lo que no le encontrarían con facilidad. Quizás cuando lo hicieran ya estaría muerto.
Álvaro entró de nuevo en la casa, portando un pequeño maletín, que depositó sobre la mesa, al lado de la taza.
— ¿Qué es eso? —preguntó Augusto sin dejar de mirar el maletín.
Álvaro recogió a Amelia del sofá y se dirigió a la puerta.
— Un regalo —dijo antes de salir—. Ya sabes qué tienes que hacer con él, o por lo menos qué crees que tienes que hacer. Los tuyos no tardarán en llegar, así que no hagas ninguna estupidez.
Y salió de la casa. Augusto no tardó mucho en oír alejarse un coche.

[Aquí se mueven maletines, se ve que es la última jornada de liga y se juegan el descenso.]

16 junio 2011

Capítulo Cuatro (IXb)

[Y ahora, la versión extendida del último trozo, con comentarios de mi persona]

La casita en las afueras era una cabaña, por supuesto. [¿Cómo que por supuesto? ¿Quién lo suponía? Yo no.] Por eso cuando Augusto se despertó supo al instante que los suyos no le encontrarían pronto. [Qué pasada de tío, lo sabe sólo con ver el interior de la cabaña/casita] Amelia no solía cometer fallos. [Sólo cuando se equivocaba] Estaba esposado de pies y manos, y luego atado a una silla de madera de aspecto robusto. [Menos mal, si lo hubieran atado primero habría sido más difícil esposarle] Sabía que como mucho conseguiría caer al suelo, pero no liberarse. [Es lo que pasa con las sillas robustas; si te tiras demasiado fuerte hasta rebotas y vuelves a incorporarte]
Amelia estaba sentada delante de él, en otra silla. [¿Cuánto rato llevará ahí? Porque tienen aspecto de ser robustas, por no ha dicho nada de cómodas] Álvaro parecía que preparaba algo en la cocina. [¿Sólo lo parecía? Me lo imagino removiendo el cajón de los cubiertos, dando unos golpecitos en las sartenes, para que pareciera que preparaba algo] Era un lugar sencillo, pero tenía todos los equipamientos necesarios. [Todo lo necesario, como sillas robustas; sencillo pero completo, guay]
— Por fin podremos hablar con calma —dijo ella en cuanto vio que su prisionero había despertado.
— No tenemos nada de que hablar, al menos por ahora —le dolía la cabeza—. Para que pudiéramos hablar, antes que nada, deberíamos estar solos. [Ay pillín...]
Amelia se giró hacia la cocina, y luego hacia su prisionero. [¿Para qué? Ya sabemos todos por qué lo dice]
— No te preocupes por él. [A ver, muy preocupado tampoco se le ve] Es un novato, hará lo que yo diga. [¿Le has dicho tú que haga que parezca que prepara algo?]
— Amelia, Amelia, pobrecita... ¿Creí que a estas alturas ya habrías aprendido? [Mira quién fue a hablar el que está esposado... ¿Y por qué lo pregunta? ¿Qué le hace pensar que lo sabrá Amelia?] ¿De verdad no sabes nada?
Álvaro entró en la sala de estar con dos tazas, una en cada mano. [Al salir de la cocina llevaba otra sobre la cabeza, pero se le ha caído] Una se la entregó a su jefa [¿No era su compañera?], que en cuanto la cogió tomó un sorbo. [Ais, qué sed tenía la pobre] La otra se la puso delante de los labios a Augusto para que bebiera. [Qué majo] Olía a café. [Sería café]
— Está bien, Amelia. Como quieras, pero espero que estés preparada [Nació preparada] —dijo el prisionero sin hacer mención de probar el café—. [No cogió la taza, eso indica claramente que no quería café; y menos sin magdalenas] ¿Has visto la herida de Álvaro?[¿Cuál de las dos, la de la pierna o la del costado?] ¿No crees que hace horas que tendrías que haberlo llevado a un hospital? [¿Y cómo sabe cuánto tiempo ha pasado desde que le han cogido? Si no lo sabemos ni nosotros]
Amelia tardó más de dos o tres segundos en reaccionar. [¿Cuánto? Eso pueden ser tanto cuatro como cuatrocientos] Luego se levantó de un salto [¡Doinnnnng!], dejando caer la taza de café y desenfundando su arma. [Mira que si se equivoca, y deja caer el arma y desfunda la taza] Álvaro siguió en pie, [Y Augusto sentado] sin inmutarse, sujetando la otra taza de café. No pareció importarle que su jefa le estuviera apuntando con su arma. Luego bebió un largo trago de la taza que tenía entre las manos. [Normal, habría sido una guarrada beber de la que había dejado caer Amelia]
Cuando Amelia sintió los primeros mareos, por un instante, creyó que los ojos de Álvaro se tornaban totalmente negros. [¿Y no le daba tiempo disparar? A mí me lo habría dado] Álvaro habló justo antes de que Amelia cayera inconsciente. [¡Yo soy tu padre! :P No, no dijo eso, pero habría molado]
— A nosotros los somníferos no nos hacen efecto. [¿Y eso a qué viene? Si nadie le ha obligado a beber]
Luego sonrió. Pero no era una sonrisa malévola, si no condescendiente. [Porque no es malévolo, es buenévolo] A Augusto, un escalofrío le recorrió la espalda.

[La venganza es un plato que se sirve frío...]

14 junio 2011

Capítulo Cuatro (IX)

[Ya tenía ganas de seguir. Ahora que acabo de llegar del curro a ver si le metemos a esto un arreo de los buenos.]

La casita en las afueras era una cabaña, por supuesto. Por eso cuando Augusto se despertó supo al instante que los suyos no le encontrarían pronto. Amelia no solía cometer fallos. Estaba esposado de pies y manos, y luego atado a una silla de madera de aspecto robusto. Sabía que como mucho conseguiría caer al suelo, pero no liberarse.
Amelia estaba sentada delante de él, en otra silla. Álvaro parecía que preparaba algo en la cocina. Era un lugar sencillo, pero tenía todos los equipamientos necesarios.
— Por fin podremos hablar con calma —dijo ella en cuanto vio que su prisionero había despertado.
— No tenemos nada de que hablar, al menos por ahora —le dolía la cabeza—. Para que pudiéramos hablar, antes que nada, deberíamos estar solos.
Amelia se giró hacia la cocina, y luego hacia su prisionero.
— No te preocupes por él. Es un novato, hará lo que yo diga.
— Amelia, Amelia, pobrecita... ¿Creí que a estas alturas ya habrías aprendido? ¿De verdad no sabes nada?
Álvaro entró en la sala de estar con dos tazas, una en cada mano. Una se la entregó a su jefa, que en cuanto la cogió tomó un sorbo. La otra se la puso delante de los labios a Augusto para que bebiera. Olía a café.
— Está bien, Amelia. Como quieras, pero espero que estés preparada —dijo el prisionero sin hacer mención de probar el café—. ¿Has visto la herida de Álvaro? ¿No crees que hace horas que tendrías que haberlo llevado a un hospital?
Amelia tardó más de dos o tres segundos en reaccionar. Luego se levantó de un salto, dejando caer la taza de café y desenfundando su arma. Álvaro siguió en pie, sin inmutarse, sujetando la otra taza de café. No pareció importarle que su jefa le estuviera apuntando con su arma. Luego bebió un largo trago de la taza que tenía entre las manos.
Cuando Amelia sintió los primeros mareos, por un instante, creyó que los ojos de Álvaro se tornaban totalmente negros. Álvaro habló justo antes de que Amelia cayera inconsciente.
— A nosotros los somníferos no nos hacen efecto.
Luego sonrió. Pero no era una sonrisa malévola, si no condescendiente. A Augusto, un escalofrío le recorrió la espalda.

13 junio 2011

Capítulo Cuatro (VIII)

[¿Esto es lo que se dice crear suspense, eh? Pero entre los compañeros, no entre los lectores... perdón por tardar tanto en escribir u.u]

— ¿Dónde lo llevamos, Amelia? ¿Lo entregamos al consejo?
— No, no... no hasta que no sepa de qué habla este mamarracho. Tengo una casita alquilada para estas cosas, fuera de la ciudad.
— Yo suelo alquilar casitas fuera de la ciudad para otras cosas.
— ¿Estás casado?
— Bueno... no exactamente —dijo Álvaro, mientras hacía sonar el estárter del coche—. ¿Te ha dicho algo que no supieras?
— Insinuó algo del consejo. Augusto es un cabrón, pero no es tonto. Con todo, cada vez me cabe más la duda de que el consejo es menos santo de lo que parece.
— ¿Cuántos años llevas trabajando para ellos?
— Suficientes como para casi considerarme parte de la familia. Pero la nueva dirección no favorece mucho la transparencia. No es como antes, eso te puedo decir. Pero bueno, tú no estabas antes, así que... qué vas a saber tú.
Álvaro sonrió.
— Álvaro ver, Álvaro oír...
— Y Álvaro arrancar.

25 mayo 2011

Capítulo Cuatro (VII)

[Cada día te pareces más a David, Mike]

[No sé si eso pretende ser un halago hacia mi persona o un insulto para David...]

[Es claramente un halago, sin duda alguna... Silvano, lo que ocurre es que Mike se está leyendo mi novela, claramente se ha dejado influenciar por ella. Dentro de poco comenzará a hacer terribles faltas de ortografía.]

Después Álvaro se giró y mató al hombre de su lado que aún se encontraba aturdido por el golpe anterior.
Amelia supo lo que pasaba y no necesitó mucho más tiempo.
Se colocó detrás de un sorprendido Augusto, sacó la pistola y le encañonó la cabeza. Augusto maldijo por lo bajo y levantó las manos, rendido.
Álvaro propinó una buena patada a la puerta del coche que se abrió con un sonido grave. El cadáver del hombre de seguridad cayó muerto sobre el pavimento.
— Amelia, podemos hablar de esto —comenzó Augusto—. Podemos llegar a un acuerdo.
Amelia le hizo entrar en el coche, vio a Álvaro y el estropicio que había causado con los dos hombres de seguridad de Augusto.
— Buen trabajo —le susurró Amelia mientras le liberaba de sus ataduras—. Ahora, arranca el coche.
Álvaro asintió, saltó al asiento delantero desplazando el cadáver al asiento del copiloto y arrancó el coche.
Amelia miraba a Augusto, sonriente.
— Así que sí que has venido sola —corroboró Augusto—. Siempre has sido muy imprudente.
— La última vez que vine con un compañero me traicionó.
— No esperes una disculpa. Hice lo que tenía que hacer.
— Entonces entenderás esto.
Amelia golpeó a Augusto en la cabeza y el hombre perdió el sentido.

Capítulo Cuatro (VI)

Se despertó, pero no abrió los ojos. Estaba tumbado de lado, en algo blando, con las piernas y los brazos atados. Le dolía bastante el costado, y notaba la pierna derecha dormida, pero asombrosamente estaba vivo. Agudizó el oído, y oyó unas voces, pero sonaban lejanas. Manteniendo la respiración pausada, para seguir haciéndose el dormido, abrió ligeramente los ojos.
Como había supuesto parecía encontrarse en el interior de un coche, uno bastante amplio, en el asiento trasero del mismo. Había un hombre vestido de negro en otro asiento, también en la parte de atrás, y veía la cabeza de otro sentado en el asiento del conductor de lo que reconoció como una limusina.
Tenía las manos atadas, pero no a la espalda. Eso le daba una oportunidad, sobre todo si conseguía sorprender al tipo de negro, que estaba jugando con su móvil. Calculó la distancia y la fuerza necesaria, respiró profundamente una vez y abrió del todo los ojos al tiempo que lanzaba una doble patada en dirección a la cabeza del hombre que tenía más cerca.
Una punzada de dolor le atravesó el costado, por lo que el impacto perdió fuerza. Le dio en la cabeza, tal y como quería, pero sólo consiguió que se le cayera el móvil de las manos. Antes de que consiguiera recuperarse de la sorpresa, se abalanzó de frente hacia él, ignorando el dolor.
Le dio en la mandíbula con la cabeza, y metió las manos en la chaqueta del individuo, encontrando lo que buscaba. Con las manos atadas le resultó algo más difícil, pero mientras dejaba caer todo su peso sobre el otro, forcejeó un poco y volvió a echarse hacia atrás. El conductor de la limusina, oyendo el ruido, se giró, pistola en mano.
Y entonces se oyó un disparo.
El conductor murió casi al instante, de un disparo en la cabeza, procedente de la pistola que Álvaro le había quitado al otro hombre.

23 mayo 2011

Capítulo Cuatro (V)

— Prefiero estar fuera que estar dónde estaba antes —aclaró Augusto—. Te has equivocado de bando, Amelia.
— Yo no tengo bando —replicó ella—. Trabajo para quien me paga. Y el Consejo me paga bien, además de darme la infraestructura que necesito.
— Ya, claro. Amelia siempre tiene la conciencia tranquila, porque sólo es una mercenaria —alegó Augusto en tono irónico.
— Te fuiste, cambiaste de bando. Robaste información y encima te llevaste por delante a mucha gente para hacerlo.
— Gente, y lo que no era gente también —contestó él muy tranquilo.
— No sé de qué hablas, pero déjate de rollos —atajó Amelia—. Intentaste matarme, me habéis echado de la carretera y me habéis disparado. Así que no me vengas con esas de que quieres negociar o intercambiar información.
— Sólo intento averiguar por qué trabajas para el enemigo. ¿Por qué trabajas para ellos? Se preparan para exterminar o dominar a la especie humana, y tú les estás ayudando.
Amelia se quedó petrificada. ¿De qué diablos estaba hablando?
Y entonces se oyó un disparo.